La niña apareció con una diadema de plástico brillante. —Mamá, ¿por qué lloras? Verónica se secó el rostro. —Porque vamos a jugar a las princesas silenciosas. Nos vamos a un lugar muy bonito. En el camino, Eugenio llamó a su abogado, Sergio Cantú. Tomás confirmó que agentes vestidos de civil llegarían a la ceremonia en Santiago, Nuevo León. Antes de salir, Eugenio volvió a su casa para ver a Mariana. Ella bajó las escaleras descalza, con una bata blanca, el peinado a medio hacer y una sonrisa nerviosa. —Papá, me
El día de la boda de mi hija, nuestro chofer me obligó a acostarme en el asiento trasero y me cubrió con una manta. “No diga nada, solo escuche”, susurró. Minutos después oí al novio hablar de tres meses, una deuda de 40 millones y un accidente preparado para mí. No salí del auto: encendí la grabadora y esperé la ceremonia.