comí tres conchas del estrés y la estilista dice que voy a llenar el vestido de azúcar. Eugenio la abrazó con tanta fuerza que ella se rio. —No empieces a llorar todavía. Primero lloro yo, luego tú y después todas mis tías. En el cuello de Mariana colgaba el anillo de zafiro que había pertenecido a Lucía. —Prométeme que hoy vas a protegerme —pidió ella—. Sé que suena absurdo, pero necesito escucharlo. —Te protegeré, aunque por un momento llegues a odiarme. Mariana frunció el ceño, pero él besó su frente
El día de la boda de mi hija, nuestro chofer me obligó a acostarme en el asiento trasero y me cubrió con una manta. “No diga nada, solo escuche”, susurró. Minutos después oí al novio hablar de tres meses, una deuda de 40 millones y un accidente preparado para mí. No salí del auto: encendí la grabadora y esperé la ceremonia.