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El día de la boda de mi hija, nuestro chofer me obligó a acostarme en el asiento trasero y me cubrió con una manta. “No diga nada, solo escuche”, susurró. Minutos después oí al novio hablar de tres meses, una deuda de 40 millones y un accidente preparado para mí. No salí del auto: encendí la grabadora y esperé la ceremonia.