que sí sepan”.
Sentí que las lágrimas regresaban.
—Y me pidió una última promesa —continuó mamá.
—¿Cuál?
—Que cuando llegara el baile de graduación, te contaría la verdad. Porque para entonces serías suficientemente grande para decidir qué hacer con ella.
Miré la libreta azul.
Después el sobre.
Y finalmente a mi madre.
—¿Por eso me encerraste?
Mi madre bajó la mirada.
—Tenía miedo de que, si no te lo decía hoy, volviera a encontrar una excusa para callarme. Pero encerrarte fue injusto. Perdóname.
Se levantó y abrió la puerta.
—No