tienes que ir al baile si no quieres. Tampoco tienes que perdonarme esta noche.
Me quedé sentada durante varios segundos.
Después escuché una voz desde el pasillo.
—¿Maddie?
Era Ethan.
Me limpié las lágrimas.
—¿Sí?
—¿Estás bien?
Abrí la puerta.
Ethan estaba allí, sosteniendo el pequeño ramillete de flores.
Su moño azul estaba ligeramente torcido.
Cuando vio mi rostro, frunció el ceño.
—¿Lloraste?
Asentí.
—Un poquito.
Me observó seriamente.
—¿Quieres chocolate?
Solté una carcajada entre lágrimas.
—Ethan…
Él sonrió.
—Traje uno en el bolsillo. Por si acaso.
Sacó una pequeña