—¡Estoy muy orgullosa de ti!
Él sonrió.
—¿Viste? No me equivoqué en ninguna palabra.
Me eché a reír.
—Lo hiciste perfecto.
Aquella noche, cuando regresé a casa, encontré a mi madre sentada en la sala.
Había preparado chocolate caliente.
Me senté a su lado.
Durante varios minutos permanecimos en silencio.
Después saqué la carta de mi padre.
—Mamá, no quiero seguir guardando esto como si fuera un secreto.
Ella asintió.
—Lo entiendo.
—No sé si algún día querré hablar con él.
Mi madre me tomó la mano.
—No tienes que