se encontraba una cuidadora profesional.
Ethan abrió la boca.
—¿Qué…?
—Tu madre estuvo sola exactamente doce minutos —dije—. El vecino del tercer piso la vigiló desde la cafetería hasta que llegó la cuidadora que contraté.
Su hermana me miró desconcertada.
Ethan, en cambio, vio la caja gris sobre la mesa.
Y su furia desapareció.
No completamente.
Pero lo suficiente.
Porque reconoció uno de los documentos que sobresalía.
La escritura del apartamento.
—Claire…
Su voz cambió.
—¿Dónde encontraste eso?
Cerré la puerta detrás de ellos.
—Ahora sí podemos hablar de la