educado a mi hija para hacer siempre lo correcto.
Le enseñé a decir la verdad.
A defender a quienes eran tratados injustamente.
A no dejarse llevar por lo que pensaran los demás.
Pero hubo un día en que descubrí algo que todavía me cuesta aceptar.
Mi hija había aprendido a ser valiente a pesar de mí.
No gracias a mí.
Todo comenzó el día de su graduación de preparatoria.
Mi hija, Renata, tenía dieciocho años.
Había pasado semanas preparando algo en el garaje.
Cada vez que yo entraba, encontraba cartones,