conciencia.
Tiempo después conocí personalmente a Emiliano.
Renata lo invitó a comer.
Llegó con una camisa sencilla y las manos todavía marcadas por el trabajo en el taller.
Era un muchacho alto.
De sonrisa discreta.
Hablaba poco al principio.
Pero cuando comenzó a sentirse cómodo descubrí que tenía un sentido del humor extraordinario.
Nos hizo reír varias veces durante la comida.
Después ayudó a recoger los platos sin que nadie se lo pidiera.
Mientras lavábamos los vasos, le dije:
—Emiliano, quisiera pedirte perdón.
Él dejó un plato sobre la mesa.