Caminé con calma. La multitud se apartaba con naturalidad a cada uno de mis pasos; eran pasos medidos, firmes, sin prisa pero sin titubeos.
Al llegar frente a él, lo recorrí con la mirada de pies a cabeza, exactamente igual a como él lo había hecho conmigo tres horas antes en nuestra sala.
Solo que en mis ojos no había dolor. Había un desprecio frío e implacable.
—Buenas noches, Adrián —dije con voz serena, lo bastante clara para que todos los directores a su alrededor me escucharan—. Lamento la demora.