Mi esposo quemó mi único vestido decente; no imaginó que yo era la dueña de la fiesta

en mil pedazos contra el suelo de mármol. El chasquido resonó como un disparo en medio de la música suave.

Adrián palideció hasta quedar blanco como la tiza. Entreabrió la boca, pero no le salía la voz. Su cuerpo entero se quedó paralizado, como si su mente fuera incapaz de procesar lo que estaba viendo. A su lado, Vanessa retiró lentamente su mano del brazo de Adrián, dando dos pasos hacia atrás en señal de espanto.

—¿C-Clara…? —susurró Adrián con un hilo de voz apenas audible—. Esto… esto es imposible…