compasión, dame otra oportunidad!
Me detuve un instante y lo miré por última vez sobre mi hombro. Ya no quedaba rastro de rencor en mi pecho; únicamente una absoluta indiferencia:
—Antes de salir de la casa me dijiste que yo no pertenecía a tu mundo —le recordé—. Y tenías toda la razón.
Él parpadeó, aferrándose a una última chispa de esperanza.
—Porque tu mundo es diminuto, Adrián —sentencié—. Construido a base de apariencias, mentiras y egos prestados. Tú perteneces a las sombras; yo soy la dueña del imperio que intentaste