seguridad privada ingresó primero, abriendo paso con disciplina marcial a lo largo de la alfombra roja.
Y entonces… entré yo.
Todo el salón pareció quedarse sin aire.
Llevaba un vestido azul noche de alta costura que caía como una cascada sobre el suelo, bordado con miles de cristales diminutos que capturaban cada destello de luz. Alrededor de mi cuello brillaba una gargantilla de zafiros de Ceilán, una joya histórica cuyo resplandor azul marino era inconfundible y bien conocido por los coleccionistas presentes.
Mi espalda estaba recta. Mi mirada, fría y