serena.
No necesitaba pedir respeto; mi sola presencia dominaba el salón.
Un estallido ensordecedor de aplausos quebró el silencio. Directores millonarios, embajadores y empresarios bajaban ligeramente la cabeza a mi paso, abriendo el pasillo central como si pasara la realeza.
Pero a mí no me interesaban sus reverencias.
Mis ojos estaban fijos en un solo objetivo.
Adrián.
(Continúa leyendo en la siguiente página)
En el instante exacto en que sus ojos se cruzaron con los míos, la copa de champaña se le resbaló de los dedos.
El cristal se estrelló