cuñada Daniela se había instalado detrás, acompañada de su hermana Irene y una tía que apenas aparecía en las reuniones familiares. Habían llenado el habitáculo de globos rosas, bolsos y paquetes. Ni siquiera habían dejado espacio para la sillita de seguridad de mi bebé.
Y lo más indignante era que aquel todoterreno plateado no pertenecía a mi marido.
Era mío.
Lo había comprado con mis ahorros, años antes de casarme, después de trabajar interminables jornadas como perito de vehículos para compañías aseguradoras. No debía un céntimo por él. Sin embargo,