grúa de Mauro.
—Entonces habrá que cargarlo cuando esté vacío —respondí—. Porque hoy mi coche vuelve conmigo.
Mauro se acercó a la ventanilla con una tranquilidad casi irritante.
—Señoras, sería conveniente que salieran antes de que empecemos.
Irene fue la primera. Después salió la tía, seguida de Daniela y Mercedes, que no dejaba de insultarme. Álvaro bajó el último, sosteniendo la carpeta de su despido.
Minutos después, mi todoterreno subía lentamente a la plataforma.
El muchacho de la cámara seguía grabándolo todo.
Y yo, con Alma dormida entre mis brazos,