cierta imagen.
Miré el enorme lazo blanco que habían colocado sobre el capó. Debajo había una pegatina que decía: «Nuestro orgullo».
Sentí ganas de arrancarla con las manos.
—¿Y mi hija? —pregunté—. ¿Dónde queréis que viaje mi hija?
Daniela se quitó las gafas de sol y puso los ojos en blanco.
—Pues llama a un taxi. Tampoco es para tanto.
Aquellas palabras me dolieron más que el insulto de mi marido. Una mujer que estaba a punto de convertirse en tía acababa de decirme que me marchara en taxi con