de mi padre. Alma se quedó arriba con mi madre. No pensaba llevar a mi hija delante de las cámaras para ganar una discusión.
Teresa había decidido permanecer unos minutos más para aclarar determinados extremos de la información recibida.
Cuando Mercedes me vio, levantó la pancarta.
—¡Ahí está! ¡La mujer que nos ha robado a nuestra nieta!
—Mercedes, Alma no es propiedad de nadie —respondí—. Y hoy vais a escuchar algo importante.
Saqué un pequeño altavoz que utilizaba en mi trabajo y conecté el móvil.
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