concesión —dije.
Jonathan sonrió.
—Esperaba que dijeras eso.
—Y hay una condición.
—Te escucho.
—Nada de favores, nada de decisiones tomadas por mi apellido. Quiero que me juzguen por mis resultados.
Él cerró la carpeta.
—Entonces tendrás que demostrar que mereces dirigir la empresa.
—Eso pienso hacer.
Los primeros meses fueron brutales.
Los directivos cuestionaban mis propuestas.
Algunos consideraban que una mujer recién divorciada, procedente de una región marcada por conflictos, no debería hacerse cargo de proyectos multimillonarios.
Otros pensaban que mi apellido era suficiente para justificar mi puesto.
Ambos