grupos estaban equivocados.
Comencé revisando contratos que llevaban años generando pérdidas.
Descubrí intermediarios que cobraban comisiones injustificadas, rutas de transporte ineficientes y acuerdos diseñados para beneficiar a antiguos socios.
Trabajaba catorce horas diarias.
Aprendí de especialistas en logística, geología, finanzas y gestión de riesgos.
Asistí personalmente a negociaciones donde nadie esperaba verme.
Y cuando un consorcio intentó obligarnos a aceptar condiciones abusivas, abandoné la mesa y conseguí dos socios alternativos.
Por primera vez, mis decisiones no servían para sostener el imperio de un hombre.
Servían para construir el mío.
Un