año después, Carter Meridian había recuperado tres proyectos paralizados.
Al tercero, nuestra división de protección de infraestructuras operaba en varios mercados.
En ciertos círculos empresariales comenzaron a llamarme la Dama de Hierro del Desierto.
Nunca me gustó aquel apodo.
No me consideraba de hierro.
Había noches en que las cicatrices de las mordeduras todavía me dolían. Otras despertaba recordando el rostro de mi padre y la tierra removida de su tumba.
Pero había aprendido algo importante: ser fuerte no significaba dejar de sentir dolor.
Significaba impedir que ese dolor volviera