repartía pedidos los fines de semana y aprendí a elaborar productos artesanales para el cuidado de la piel en el diminuto apartamento que compartía con Lily.
Al principio, solo vendía unos cuantos frascos al mes. Después, los clientes comenzaron a recomendar mis productos a sus amigos. Los pedidos aumentaron y empecé a vender por internet.
Un año después, contraté a mi primera empleada.
Tres años más tarde, abrí un pequeño taller.
Con el tiempo, aquel modesto negocio se convirtió en una exitosa empresa de cosmética y cuidado de la piel,