Mi suegra me afeitó la cabeza mientras dormía

de aceptar un trato que jamás debió aceptar.

***

Una tarde, mientras caminaba hacia su automóvil después del trabajo, vio su reflejo en una ventana.

La cabeza seguía rapada.

El cabello apenas comenzaba a crecer.

Pero sonrió.

Porque la mujer reflejada allí ya no era la misma.

No era la esposa que pedía aprobación.

No era la nuera que intentaba ganarse un lugar.

No era la persona que cargaba sola con todo mientras otros fingían que era normal.

Era simplemente Mariana.

Y por primera vez en mucho tiempo, eso era suficiente.