Nadie prometía milagros.
Y lo más importante: nadie me obligaba a hacer nada.
Regresamos a casa sin programar ninguna fecha para la operación.
Durante el trayecto, Robert sostuvo mi mano.
—Si decides no hacerlo, seguiré a tu lado exactamente igual que siempre.
Aquella noche hablamos durante horas.
Por primera vez en años, no solo hablé de mi peso, sino también de mis miedos.
Le conté lo poco atractiva que me había sentido y cuánto temía que algún día me abandonara.
Robert también confesó que, durante los últimos años, su mayor