Después de 20 años sin ver, mi esposo me suplicó que cancelara la cirugía que podía devolverme la vista. “Por favor, no lo hagas”, repetía, aunque nuestros 2 hijos soñaban con que pudiera verlos. No discutí y entré al quirófano. Cuando me quitaron las vendas y miré su rostro por primera vez, reconocí una cicatriz que me devolvió al peor día de mi infancia.

Mauricio estuvo allí desde el primer día.

La ayudó a bañarse cuando todavía no podía mantenerse de pie.

Aprendió a acomodar su ropa para que pudiera identificarla al tacto.

Puso pequeñas marcas en los frascos de la cocina, retiró muebles con los que podía tropezar y durante meses ajustó sus horarios para llevarla a rehabilitación.

Elena llegó a pensar que jamás habría soportado aquel infierno sin él.

Pero después del primer año, Mauricio comenzó a cambiar.

Llegaba cansado.

Contestaba con frases cortas.

Suspiraba cuando Elena le pedía ayuda para encontrar