Después de 20 años sin ver, mi esposo me suplicó que cancelara la cirugía que podía devolverme la vista. “Por favor, no lo hagas”, repetía, aunque nuestros 2 hijos soñaban con que pudiera verlos. No discutí y entré al quirófano. Cuando me quitaron las vendas y miré su rostro por primera vez, reconocí una cicatriz que me devolvió al peor día de mi infancia.

—Espera.

Elena tomó la maleta negra del clóset.

Mauricio se puso pálido.

—No pienso quemar la maleta.

—Menos mal.

—La vamos a usar.

—¿Para qué?

—Para irnos 3 días a San Miguel.

Mauricio sonrió.

—¿Eso significa que todavía quieres viajar conmigo?

Elena sostuvo su mirada.

—Significa que quiero seguir casada contigo.

No significa que puedas volver a esconder una maleta debajo de mi cama.

—Nuestra cama.

—Si vuelves a hacer algo así, será mi cama.

Mauricio soltó una carcajada.

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Elena