Pero su sonrisa desapareció cuando vio al abogado, al jefe de seguridad y una fotografía ampliada del ficus sobre el escritorio.
—Siéntate, Daniel —dijo Héctor—. Tenemos que hablar de un niño de nueve años y de noventa y seis millones de pesos.
PARTE 3
Daniel permaneció de pie junto a la puerta.
Durante seis años había entrado en esa oficina sin pedir permiso. Conocía las contraseñas de las computadoras, las preferencias de los clientes y hasta el café que le gustaba a su jefe.
Pero aquella mañana no sabía dónde