Al llegar a mi oficina para cerrar un negocio millonario, vi a un niño de nueve años abrazándose para soportar el frío. “¿Puedo quedarme aquí hasta encontrar a alguien?”, me preguntó. Lo dejé entrar y mi hermana se encargó de ayudar. Poco después, descubrimos que había visto una cámara escondida entre las hojas de una planta. Ordené revisar los registros sin avisar a nadie, pero cuando descubrió las visitas nocturnas, reconocí un nombre que nunca habría querido encontrar.

Pero su sonrisa desapareció cuando vio al abogado, al jefe de seguridad y una fotografía ampliada del ficus sobre el escritorio.

—Siéntate, Daniel —dijo Héctor—. Tenemos que hablar de un niño de nueve años y de noventa y seis millones de pesos.

PARTE 3

Daniel permaneció de pie junto a la puerta.

Durante seis años había entrado en esa oficina sin pedir permiso. Conocía las contraseñas de las computadoras, las preferencias de los clientes y hasta el café que le gustaba a su jefe.

Pero aquella mañana no sabía dónde