creyera en su muerte.
—Necesito saber si está vivo —dije.
Walter cerró la puerta de la caseta y bajó la persiana pequeña.
—Lo entiendo.
—Entonces dígamelo.
—No puedo.
Di un paso hacia él.
—Pasé tres años preso por un delito que no cometí. Hoy volví a casa y la mujer que destruyó mi vida me dijo que mi padre murió. Usted acaba de entregarme una carta que dice que me mintieron. No me diga que no puede.
Walter sostuvo mi mirada.
No parecía asustado.
Parecía triste.
—Tu padre me hizo