creyendo en mí.
Porque pasé tres años en la prisión de Oakwood por un robo que no cometí.
Tres años por haber supuestamente robado dinero de la empresa de mi propio padre.
Tres años escuchando que era una vergüenza, un ladrón, un hijo ingrato.
Tres años repitiendo lo mismo:
—Yo no fui.
Nadie me creyó.
O casi nadie.
El día que salí, llevaba una mochila vieja, ropa prestada y las manos tan frías que apenas podía cerrar los dedos.
El autobús me dejó en Silver Lake poco después del mediodía.