Caminé hasta la casa donde crecí.
Pero al llegar, me detuve frente a la entrada.
La fachada ya no era blanca. La habían pintado de gris oscuro.
Los rosales que mi padre cuidaba cada domingo habían desaparecido.
En su lugar había grava decorativa, dos macetas caras y un todoterreno blanco estacionado donde antes mi padre dejaba su vieja camioneta.
La puerta también era nueva.
Negra.
Moderna.
Con una cerradura digital.
Era la misma casa.
Pero ya no respiraba como mi hogar.
Toqué el timbre.
No como visita.
Como hijo.
La