El viento gélido de otoño golpeaba contra la acera de adoquines frente a las imponentes rejas de hierro forjado de la academia St. Jude, uno de los colegios privados más prestigiosos y exclusivos de Chicago.
Me llamo Daniel Harrison. En los círculos financieros me conocen como un inversionista implacable, pero en privado solo era un hombre roto tratando de mantener a flote lo que quedaba de mi familia. Dos años atrás perdí a mi esposa tras una batalla devastadora contra el cáncer, y desde entonces convertí mi vida y la