academia St. Jude.
Pero esta vez no iba solo.
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Caminaba flanqueado por mi equipo jurídico corporativo y por Maya, quien vestía un uniforme escolar nuevo e impecable, con la frente en alto.
Pedí una sesión extraordinaria e inmediata con el director general y los miembros del comité de becas en la sala de juntas de caoba del piso superior.
El director se puso de pie con una sonrisa ensayada y servil:
—¡Señor Harrison! Qué honor tenerlo aquí. Estábamos por enviarle el reporte de la