estaba fascinada observando cómo la joven borraba con la manga de su abrigo un número equivocado para dibujar un diagrama nuevo en la banqueta.
Cuando la muchacha levantó la vista y vio mis zapatos lustrados y mi abrigo formal, su semblante se descompuso al instante.
El pánico se apoderó de sus ojos oscuros. Se puso de pie de un salto, intentando esconder la mochila desgastada detrás de su cuerpo:
—¡Papá! —exclamó Sophie al notar mi presencia, poniéndose de pie de inmediato.
La adolescente retrocedió un paso, pegándose temblorosa contra el