nuevos.
Nombres grabados. Fechas. Promesas eternas escritas por parejas que quizá todavía se amaban… o quizá ya ni se hablaban.
Entonces vi uno.
Nuevo.
Brillante.
Y sobre el metal, con trazos profundos, decía:
Adrian Cole ama a Sofía Lin.
Me quedé mirándolo.
Y me reí.
Adrian Cole también era el nombre de mi esposo.
Qué casualidad tan absurda, pensé.
Subir hasta la Gran Muralla para encontrar un candado con el mismo nombre que el hombre que me había dejado sola por una supuesta reunión urgente.
Saqué el teléfono, dispuesta a