Colgué el teléfono y me quedé mirando el reflejo de mi rostro en el cristal oscuro de la escotilla.

se clavaron en las pupilas dilatadas de Valeria.

—¿Por qué mi madre no confiaría en la cadena de mando de mi propia correspondencia, Valeria? —preguntó Alejandro, con un tono peligrosamente bajo, casi un ronquido contenido que no buscaba llamar la atención de los diplomáticos que bebían champaña a menos de diez metros.

Valeria retrocedió un milímetro; sus dedos enguantados en seda blanca se aferraron con fuerza al borde de su copa de cristal tallado.

Una microtensión crispó el tendón lateral de su cuello, apenas una sombra que duró una fracción