Colgué el teléfono y me quedé mirando el reflejo de mi rostro en el cristal oscuro de la escotilla.

El aire salino del puerto deportivo se volvió tan espeso que quemaba al entrar por la garganta.

La brisa marina mecía levemente los toldos de lino blanco de la cubierta superior, pero entre nosotros tres se había instalado una quietud sofocante, densa como el vapor que precede a una tormenta tropical.

El rostro de Alejandro giró con una lentitud milimétrica, como el cañón de una torreta que busca recalibrar su objetivo tras un fogonazo inesperado.

Sus ojos grises, antes blindados por esa arrogancia de oficial superior que jamás toleraba cuestionamientos,