encanta».
Leí esas líneas tres veces consecutivas.
No pestañeé.
Una pequeña gota de sudor frío bajó lentamente por mi nuca, rozando el cuello de mi camisa de seda blanca.
La crudeza del texto no me sorprendía, pero leerla formulada con esa precisión quirúrgica activó en mi interior un resorte metálico.
Ya no había espacio para la pena, ni para el duelo de los siete años perdidos, ni para los recuerdos de nuestros primeros años de universidad cuando compartíamos un café barato en los bancos de piedra del campus.
Aquel muchacho