de entrada de mi correo electrónico secundario.
Un correo privado, cuya dirección solo conocían tres personas en el mundo: mi notario, mi investigador privado y el viejo patriarca Vega.
El abuelo de Julián.
No su padre, Don Alberto Vega, sino Don Fernando Vega, el verdadero fundador del imperio familiar, retirado en su finca de viñedos en La Rioja desde hacía una década.
Había un mensaje nuevo en la bandeja de entrada, recibido hace exactamente doce minutos.
El remitente era una dirección encriptada: [email protected].
El asunto del