Bajo las cenizas del honor familiar no sobrevive la sangre de quien vendió su propia alma por una corona de humo.

Le salvé el pellejo corporativo en más de cuarenta ocasiones.

Pero hoy no habría nadie para levantarse y recoger los pedazos de su incompetencia.

La azafata regresó con un vaso de cristal tallado y lo colocó con suavidad sobre una servilleta de lino:

—Aquí tiene, señorita. Buen provecho.

—Gracias.

Tomé el vaso y bebí un sorbo largo y frío.

El líquido descendió por mi garganta como un bálsamo reconfortante.

De pronto, la pantalla de mi portátil parpadeó, indicando que el módem satelital de la aeronave acababa de sincronizar la bandeja