Bajo las cenizas del honor familiar no sobrevive la sangre de quien vendió su propia alma por una corona de humo.

que yo pasaba catorce horas diarias en la oficina por mera devoción conyugal.

Creía que mi empeño en revisar cada folio y cada anexo respondía a una necesidad casi servil de complacer sus caprichos ejecutivos.

Nunca sospechó que, desde hacía dieciocho meses, cada documento que pasaba por mi mesa era clasificado minuciosamente bajo un criterio muy distinto: la preservación de mi propia supervivencia legal.

Ajusté las gafas de lectura sobre el puente de la nariz y desplegué la pantalla de mi ordenador portátil no corporativo.

La batería marcaba el noventa