de Julián Vega entraría jamás a ese diminuto circuito de cobre.
Sin embargo, el silencio que me rodeaba en la cabina de primera clase no era de paz, sino una pausa densa y pesada.
Abrí el maletín de cuero oscuro que llevaba a mis pies y extraje una unidad de almacenamiento externa con carcasa metálica fría.
Ese pequeño disco negro de titanio contenía copias idénticas de cada apunte contable, cada transferencia cruzada y cada memorando interno emitido bajo mi firma desde el año en que nos casamos.
Julián siempre creyó