con dignidad.
Miré a mi esposo.
Ese era su momento.
Solo tenía que decir una frase: “Mi esposa no se va”.
Pero Daniel bajó la mirada.
Ese silencio me dolió más que cualquier cosa que hubiera dicho Teresa.
Abrí mi bolsa y puse sobre la mesa una copia del acta de matrimonio de Fernanda.
—Antes de irme, creo que tu futura nuera debería explicar esto.
Fernanda perdió el color.
Daniel tomó el documento.
—¿Estás casada?
—Es una formalidad —balbuceó ella—. Ricardo y yo estamos separados.
—Curioso —respondí—. Porque él cree