Teresa me miró con desprecio.
—Eres trabajadora, no digo que no. Pero nunca encajaste aquí. Esta casa necesita una mujer que entienda a Daniel, que respete a su familia y que sepa comportarse. Fernanda volvió porque todavía lo ama.
Daniel abrió la boca, pero su madre siguió hablando.
—Así que lo mejor será que recojas tus cosas. No hagas un escándalo. Puedes irte hoy mismo.
Fernanda dejó el ramo sobre la mesa y sonrió.
—Mariana, todos somos adultos. Daniel y yo tenemos una historia que tú nunca pudiste borrar. Vete