lo que Ricardo traía consigo iba a cambiar mucho más que aquella cena.
PARTE 3
Abrí la puerta y encontré a un hombre de unos treinta y cinco años, alto, con botas de trabajo, camisa de mezclilla y una expresión que no necesitaba gritos para imponer silencio.
—¿Mariana? —preguntó.
Asentí.
—Soy Ricardo.
Le hice espacio.
Entró, miró la mesa puesta, las copas, el ramo tirado en el piso y finalmente a Fernanda.
Ella retrocedió.
—Ricardo, yo puedo explicarte.
—Eso espero.
No se acercó a tocarla. Solo sacó su teléfono y