Ya no.
Aquellas dos palabras pesaron más que toda la discusión.
Ricardo y Fernanda salieron. La puerta se cerró y la sala quedó en un silencio extraño. La carne seguía caliente, las velas encendidas y mi pastel intacto en el centro de la mesa.
Teresa se sentó despacio.
—Mariana… yo no sabía que esa mujer estaba casada.
—Ese no es el problema principal.
—Si yo hubiera sabido…
—Si hubiera sabido, habría buscado otra razón para humillarme.
Mi suegra me miró, herida.
—Yo nunca quise humillarte.
—Me invitó a mi propia