aparecía en ningún contrato: Teresa se sentía con derecho a decidir cómo cocinábamos, cuánto gastábamos y hasta cuándo debíamos pensar en tener hijos.
Daniel era incapaz de contradecirla.
—Mamá es así, no te lo tomes personal —repetía cada vez que ella me llamaba “arrimada” o insinuaba que yo había tenido suerte de casarme con su hijo.
Yo trabajaba como analista de datos para una empresa tecnológica en Guadalajara. Mi vida consistía en detectar patrones que otros pasaban por alto. Por eso noté enseguida que Daniel llevaba dos semanas distinto: escondía