también.
Hasta ese momento, pensé que Marina quizá no sabía nada.
Pero sí sabía.
No solo sabía.
Participaba.
Mi madre soltó mi mano.
Dio un paso al frente.
Su expresión ya no era la de una madre feliz recibiendo a una nuera embarazada.
Era otra cosa.
Una calma peligrosa.
La señora Carmen sonrió, creyendo que había ganado.
—Bien. Al fin alguien sensato. Señora Sánchez, usted también es madre. Sabe que las mujeres embarazadas no deben sufrir disgustos.
Mi madre la miró.
Luego miró el coche.
Luego a los invitados.
Y