Mi cuñada embarazada se negó a bajar del auto nupcial hasta que le diera mi apartamento a su hermano

la mujer que amaba seguía dentro del coche usando ese embarazo como candado.

Daniel se acercó de nuevo.

—Marina, por favor, baja y hablemos. No dejes que esto siga.

Dentro del coche, Marina movió ligeramente el velo.

Su madre abrió la puerta trasera apenas, como si le permitiera hablar al mundo desde un trono.

Marina se asomó.

Tenía maquillaje perfecto, labios rojos, ojos húmedos.

—Daniel, no quiero hacerte daño.

Esa frase me dio escalofríos.

Siempre que alguien empieza diciendo “no quiero hacerte daño”, casi siempre está a punto de hacerlo.