Más de doscientas personas.
Todas las miradas se clavaron en mí.
Mi apartamento.
El que mis padres me compraron cuando cumplí veinte años.
Pagado al contado.
Cuatrocientos veinte mil.
Desde el principio dijeron que era mi dote, mi seguridad, mi futuro.
En la escritura estaba mi nombre: Elena Sánchez.
Propiedad individual.
No pertenecía a mi hermano.
No pertenecía a Marina.
Mucho menos a su familia.
Entonces, ¿por qué hablaban de mi casa como si fuera parte del precio de la boda?
Me giré hacia mi madre.
Su rostro se había