la casa parecía normal, pero aquel día la puerta del taller no estaba cerrada con llave.
En cuanto entré, me quedé inmóvil.
En el centro de la habitación había un maniquí del tamaño de una niña. Tenía pegados varios papeles con el nombre de Lily y todas las medidas de su cuerpo.
Grandes cajas blancas cubrían una de las paredes. En cada una estaba escrito el nombre de un niño diferente. En un rincón colgaban decenas de prendas infantiles.
Sobre la mesa había un sobre abierto con el logotipo de